Semiología de la Guerra.
- Omar Rombolá
- 10 abr
- 6 Min. de lectura
¿Guerra de Irán o Guerra de EEUU por el petróleo y la Hegemonía?
Cómo el lenguaje periodístico oculta la mano del Imperialismo Norteamericano en la mayor parte de Guerras, Invasiones, Golpes de Estado y Agresiones Militares.
Omar Rombolá Para Karne de Máquina
Las guerras no se nombran por la potencia que las inicia, sino por el territorio donde las mismas ocurren. Esa convención, naturalizada por medios y discursos oficiales, no es inocente: construye una narrativa donde la violencia parece nacer de la población violentada y masacrada, y no de la mano del Imperialismo.
Así a la guerra del Estado Francés contra el pueblo argelino, se la conoce como Guerra de Argelia. Tenemos las Guerras de Vietnam, Irak o Afganistán. La fórmula se repite: el conflicto queda pegado al y su población, como si la violencia brotara de ese suelo.

La geografía como coartada del saqueo imperialista
Hoy Irán y Venezuela, como ayer, Vietnam, Irak o Afganistán dejan de ser países intervenidos, agredidos, masacrados y pasan a ser sinónimo de conflicto. Así la violencia parece inherente al territorio, los actores externos se diluyen, la responsabilidad se vuelve difusa. Y la portadora de una amenaza potencial pasa a ser la población agredida “Preventivamente”, ya que esos territorios albergarían dictadores, terroristas, narcotraficantes, o producción de armas de destrucción masiva, cuestiones que nunca resultan probadas.

¿Y si se nombrara a los imperialismos?
Invertir la lógica cambia todo. No sería “Guerra de Irak”. Sería guerra de Estados Unidos contra Irak. No sería “Guerra de Vietnam”. Sería intervención militar de Estados Unidos en Vietnam. No sería Afganistán como paisaje inevitable, sería una operación militar sostenida durante décadas por Estados Unidos en dicho país.
Así la mayor parte de los conflictos armados deberían su nombre al mayor Terrorista del Planeta, EEUU.
Un patrón que atraviesa décadas
En Asia, la llamada Guerra de Corea dejó millones de muertos en un conflicto donde Estados Unidos tuvo un rol central dentro de una coalición internacional. En Vietnam, la intervención directa marcó una de las guerras más devastadoras del siglo XX.
En Medio Oriente, Irak, Afganistán y hoy Irán, se condensan décadas de presencia militar norteamericana directa, con consecuencias que exceden largamente el campo de batalla.
En África, se cuentan en millones los asesinados por el Estado Norteamericano en Somalia, 1992 y en el presente, el Sudán 1998, en Somalia–Etiopía (2006–2007), en Nigeria (2010–2020), en Mali (2010), en Burkina Faso (2010–2020), Congo (1960), Liberia (2003) o en Sierra Leona (1990s–2000s).

En América Latina, la intervención adopta otras formas. En Argentina, el golpe de Estado de 1976 se dio en un contexto de apoyo político y estratégico de Estados Unidos a las dictaduras del Cono Sur, en el marco del llamado Plan Cóndor. No fue una guerra tradicional, pero sí una forma de violencia sistemática con más de 30.000 desaparecidos.
Brasil, Bolivia, Paraguay, Uruguay y Perú, También fueron parte del plan norteamericano para el control de la región, con la implantación de sendas dictaduras militares, y represión contra los pueblos.

En Chile, en 1973, el respaldo al golpe contra Salvador Allende abrió paso a una dictadura sangrienta como la de Pinochet. En Centroamérica, durante los años 80, el apoyo a fuerzas armadas en El Salvador y a la “Contra” en Nicaragua alimentó conflictos con decenas de miles de muertos.
En el Caribe, la invasión a Granada en 1983 y la intervención en República Dominicana en 1965 muestran la capacidad de acción directa, o el intento de invasión a Cuba, repelido en Playa Girón. En Panamá, en 1989, la invasión dejó barrios arrasados y cientos de civiles muertos.
La Masacre perpetrada desde hace 70 años por el Estado Genocida de Israel contra la población palestina y de otros países vecinos, fue y es auspiciada por EEUU, aunque la infografía que presento sólo toma la agresión actual en Gaza.

Nuevas formas, misma lógica
Las guerras también cambian de forma. En Somalia, los bombardeos y operaciones militares de Estados Unidos en el marco de la “guerra Preventiva contra el terrorismo” han provocado víctimas civiles en conflictos que rara vez ocupan titulares centrales.
Los ataques con drones en Pakistán, Yemen o Somalia consolidan una forma de guerra sin frente visible, sin declaración formal, pero con consecuencias concretas: miles de muertos. Intervenciones en Libia o Siria completan un mapa donde la participación puede ser directa o indirecta, pero nunca irrelevante.
El doble estándar del “terrorismo”
La palabra terrorismo no alcanza a los Estados con capacidad de bombardeo masivo, con ejércitos profesionales, con estructuras globales. Ahí no hay terror, hay estrategia, hay seguridad, hay intervención.
La acción de un grupo irregular con víctimas militares o civiles, es definida como terrorismo, en cambio el bombardeo de EEUU sobre población civil es una intervención militar, y dichas muertes, el caso que se reconozcan, son denominadas como “Daños Colaterales”, o incluso se inventó un nuevo argumento, “los terroristas usan a la población civil de escudo”, para justificar los bombardeos indiscriminados.
En realidad, la palabra terrorismo busca deslegitimar la violencia de los de abajo, ya que el Estado detenta el monopolio de la violencia y cuando ese monopolio es cuestionado, aparece la denominación de “terrorismo”, esgrimida por todos los dispositivos, medios de comunicación masiva, organismos estatales, en suma, de todos los “Aparatos Ideológicos del Estado” que se conjugan detrás del objetivo de negar el derecho a la violencia de los de abajo frente a la violencia de los de arriba.
Es notable como al lado de la acción militar hay otra guerra, la semántica, que transforma un ejército de ocupación en un convoy de “ayuda humanitaria”, o una invasión en una intervención para “liberar a un pueblo”.
Conclusiones
Cuando las guerras se nombran por el territorio agredido, la violencia queda adherida a la víctima. Cuando se nombra al agresor imperialista, aparece lo que el relato dominante busca ocultar: la decisión, el interés, el poder.
No es casual que la mayoría de los conflictos contemporáneos no lleven el nombre de quien los ejecuta. Porque si así fuera, el mapa dejaría de ser una suma de crisis locales para transformarse en otra cosa: una cartografía del poder imperial actuando de manera sistemática sobre distintos pueblos, con el interés de saquear los recursos y la riqueza de dichos territorios.
Ahí es donde la semiótica se vuelve campo de batalla. No hay “guerra de Irak”, “guerra de Afganistán” o “guerra de Irán”. Hay intervenciones concretas de Estados Unidos sobre esos territorios, por los recursos naturales y el control político.
Y cuando ese criterio se aplica de forma consistente, la repetición se vuelve imposible de disimular.
La categoría de “terrorismo” termina de cerrar el dispositivo.
Se aplica con rigor hacia abajo, sobre sujetos fragmentados u organizaciones populares, sin Estado, sin capacidad global. Pero desaparece cuando la violencia escala hacia arriba, cuando se vuelve industrial, sistemática, planificada. Ahí ya no hay terror. Hay estrategia, hay seguridad, hay intervención.
La noción de “terrorismo” opera para deslegitimar la violencia que surge desde abajo, en tanto el Estado se arroga el monopolio de la fuerza. Cuando ese monopolio es puesto en cuestión, emerge esa etiqueta para descalificar. Su función central es negar la legitimidad de la violencia de las clases subalternas frente a la violencia ejercida desde arriba.
El mismo acto cambia de nombre según quién lo ejecuta. Así, la guerra no solo se libra con armas. Se libra también en el lenguaje. En la forma en que se nombra una invasión, en cómo se justifica un bombardeo, en cómo se diluye una masacre bajo la categoría de “daño colateral”.
El poder no solo masacra en los territorios: también construye el relato que lo legitima. No es un juego semántico. Es una disputa política.
¿Es la guerra de Irán? ¿O es, una vez más, la guerra de Estados Unidos contra otro pueblo para saquear los recursos naturales?
¿Es la guerra de Irán?¿O es la guerra de EE. UU. para sostener su Hegemonía, intentando cortar el abastecimiento de petróleo a su actual competidor, China?
Será tarea de los medios alternativos e independientes mostrar la verdadera cara del imperialismo y la Guerra,
Fuentes para la Infografía
1. Costs of War Project
Universidad: Brown (EE.UU.) Afganistán, Irak, Siria, Yemen, Pakistán y Somalia
2. Iraq Body Count
3. Oxford Research Group
4. Congressional Research Service, organismo oficial del Congreso de EE.UU.
5. ONU, Siria, Yemen, Gaza y África
6. Amnistía Internacional
7. Human Rights Watch


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