Los dos Terremotos que Sacuden a Venezuela: el Telúrico y el Político
- Marcela Gutierrez

- 17 jul
- 7 min de lectura
Marcela Gutiérrez para Karne de Máquina
Mientras el país se debate entre los escombros y la entrega de su soberanía, la administración
interina de Delcy Rodríguez aprovecha la tragedia para consumar un viraje que muchos califican
como la mayor traición al legado bolivariano.

La tierra no fue lo único que se movió en Venezuela en las últimas semanas. El devastador terremoto que sacudió varias regiones del país dejó miles de víctimas, ciudades derrumbadas y una emergencia humanitaria que llevará muchos años superar. Pero mientras los equipos de rescate trabajan contrarreloj entre el polvo y el dolor, un segundo temblor, de naturaleza política, está sacudiendo los cimientos de la soberanía nacional con una violencia silenciosa pero igualmente destructiva.
Este segundo terremoto no tiene epicentro en fallas geológicas, sino en los pasillos del poder. Su magnitud no se mide en la escala de Richter, sino en la profundidad de las concesiones que la administración interina, encabezada por Delcy Rodríguez, está haciendo a Estados Unidos e Israel.
Lo que muchos denominan "ayuda humanitaria" y "acercamiento diplomático" es visto por sectores críticos como la antesala de un protectorado, una entrega vergonzosa de los recursos estratégicos y la independencia que costó más de dos décadas de resistencia construir.
El terremoto telúrico: una tragedia visible, una solidaridad calculada
Las imágenes del desastre natural han dado la vuelta al mundo. Edificios reducidos a escombros, familias enteras bajo el cemento, niños separados de sus padres. La conmoción es genuina y la solidaridad, en principio, bienvenida. Estados Unidos, bajo la denominada "doctrina Monroe", ha desplegado un operativo de ayuda sin precedentes: 150 millones de dólares en asistencia, barcos de
la Marina, helicópteros del Comando Sur y equipos de rescate altamente capacitados.
Pero esta movilización, que en apariencia responde a un impulso humanitario, levanta suspicacias cuando se recuerda el contexto inmediato. ¿Dónde estaban esos mismos recursos, esa misma prisa, cuando el pueblo venezolano sufría el asfixiante bloqueo económico impuesto por Washington?
Durante años, las sanciones —descritas por el experto independiente de la ONU, Alfred-Maurice de Zayas, como crímenes de lesa humanidad— obstruyeron el acceso a financiamiento, medicamentos, repuestos para maquinaria pesada y alimentos. Se perdieron más de 100 mil millones de dólares en ingresos petroleros. La escasez de insulina, de antibióticos, de leche infantil, fue una realidad diaria
que nunca mereció una campaña global de solidaridad.
¿Por qué entonces tanta prisa ahora? La respuesta es incómoda: la solidaridad, en el tablero geopolítico, nunca es gratuita. Detrás de cada cargamento de ayuda hay un cálculo estratégico. Y el cálculo, en este caso, es claro: aprovechar la vulnerabilidad de un país devastado para consumar un cambio de régimen que las sanciones no lograron por sí solas.
Es la hipocresía de la solidaridad selectiva, esa que llora por las víctimas visibles pero justifica las invisibles, esa que se moviliza por un terremoto pero miró para otro lado cuando el dolor era causado por una guerra económica.
El terremoto político: la entrega de la soberanía
Pero si el terremoto telúrico expuso la fragilidad física del país, el terremoto político está exponiendo algo mucho más grave: la fragilidad de sus principios. La administración de Delcy Rodríguez, instalada tras el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la primera combatiente Cilia Flores el pasado 3 de enero, ha aprovechado el caos para impulsar una agenda que nada tiene que ver con la emergencia y todo que ver con el alineamiento incondicional a Washington.
El primer gran sismo en este frente fue la reforma de la Ley de Hidrocarburos. La Asamblea Nacional, en una sesión exprés, eliminó la exclusividad del Estado en áreas estratégicas y abrió la puerta a empresas privadas extranjeras para operar con niveles de autonomía que antes eran impensados. Chevron, la petrolera estadounidense, ha sido la gran beneficiada, ampliando su participación en la Faja Petrolífera del Orinoco y obteniendo derechos de explotación sobre bloques
productivos clave.
El propio Donald Trump, en una declaración que debería helar la sangre de cualquier venezolano, admitió que parte de los recursos utilizados para sostener la ofensiva militar de EEUU e Israel contra Irán provienen de las ganancias obtenidas mediante el petróleo venezolano. Es decir: nuestra riqueza subterránea está financiando la guerra en Medio Oriente.
El segundo temblor llegó con el retorno de la DEA al país, la presencia de funcionarios de la CIA y el Comando Sur, y la autorización de un simulacro militar para evacuar la embajada estadounidense en Caracas, una operación que incluyó helicópteros y supervisión directa de autoridades norteamericanas.
La escena resulta grotesca para quienes recordamos las interminables denuncias
del chavismo contra la injerencia yanqui. Hoy, esas mismas banderas han sido arriadas sin pudor.
El giro hacia Israel: una bofetada a la memoria histórica Uno de los movimientos más indignantes y menos justificables ha sido el acercamiento a Israel. La administración interina no solo ha solicitado la extensión de la misión de expertos israelíes en el
país —un hecho insólito si se considera que Venezuela e Israel rompieron relaciones diplomáticas hace casi dos décadas—, sino que además ha evitado condenar los ataques conjuntos de EEUU e Israel contra Irán. El comunicado de la Cancillería, que inicialmente se limitó a un tibio llamado al cese de represalias sin mencionar a los agresores, tuvo que ser retirado tras la ola de críticas.
Pero el daño ya estaba hecho: la posición antiimperialista y solidaria que caracterizó a la Revolución Bolivariana fue reemplazada por un silencio cómplice. Este giro es particularmente doloroso cuando se recuerda la histórica defensa de Venezuela a la
causa palestina. Durante años, Caracas fue una de las voces más firmes en la denuncia del exterminio del pueblo palestino, un genocidio que, como han señalado relatores de la ONU, se ha consumado ante la indiferencia de Occidente. Ahora, la nueva administración no solo mira hacia otro lado, sino que tiende la mano a quienes perpetran esa masacre. Esa es la hipocresía llevada a su máxima expresión: la misma que antes lloraba por los muertos del terremoto y justificaba los del
bloqueo, hoy abraza a quienes bombardean hospitales y escuelas en Gaza.
La purga del chavismo: desmantelar para dominar
El terremoto político también ha tenido su réplica en el aparato estatal y militar. La destitución del ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, marcó un punto de inflexión. Su salida, junto con la renovación del Alto Mando Militar, es interpretada como el fin de una etapa.
Padrino era uno de los principales articuladores de la relación entre las Fuerzas Armadas y la Revolución Bolivariana. Su remoción, junto con la de Alex Saab —extraditado a EEUU bajo el pretexto de "irregularidades documentales"—, envía un mensaje claro: los cuadros más identificados con el proyecto original del chavismo están siendo desmantelados.
Saab, quien ocupaba el ministerio de Industria, fue durante años una figura clave para enfrentar el bloqueo económico, especialmente en la distribución de alimentos mediante los CLAP y en programas sociales como la Gran Misión Vivienda Venezuela. Su entrega a Washington, después de que el gobierno de Maduro lograra su liberación gracias a una enorme campaña internacional, es una concesión política inadmisible.
Es la confirmación de que la nueva administración está
dispuesta a sacrificar a sus propios cuadros con tal de ganarse el favor de la Casa Blanca.
Voces críticas y un dilema irresuelto
Frente a este escenario, comienzan a emerger voces disidentes dentro del propio chavismo. Dirigentes como Elías Jaua, la diputada Iris Varela, y numerosos comunicadores e intelectuales han manifestado públicamente su preocupación por lo que consideran un progresivo abandono de los principios fundacionales.
Las manifestaciones de rechazo a los ejercicios militares estadounidenses
revelan que existe un importante sector de la sociedad dispuesto a cuestionar el rumbo adoptado por el gobierno interino.
La discusión ya no gira solo en torno a la gestión económica. Lo que está en juego es la continuidad de un proyecto político construido durante más de dos décadas alrededor de la defensa de la independencia nacional, el control de los recursos estratégicos y la resistencia al imperialismo.
La administración de Rodríguez enfrenta un dilema existencial: mientras busca legitimidad internacional mediante acuerdos económicos y acercamientos diplomáticos con EEUU, una parte significativa de la base chavista observa con creciente preocupación cómo las banderas históricas parecen quedar relegadas en nombre del pragmatismo político.
Conclusión: el desafío de la coherencia
La hipocresía es cómoda, pero también es el principio de la decadencia. No se puede llorar por los muertos del terremoto y justificar los del bloqueo. No se puede abrazar al refugiado ucraniano y cerrar las puertas al sirio. No se puede defender la vida en un discurso y financiar la muerte con el petróleo de un pueblo.
Hoy, desde esta columna, hacemos un llamado a romper esa lógica. A ver el dolor donde duele, sin importar el color político del gobierno que lo sufre. A recordar que ningún país está preparado para un desastre natural, pero que todos podemos elegir no ser cómplices de un desastre hecho por el
hombre.
La solidaridad genuina no es selectiva. Es universal o no es solidaridad. Y si no, nuestra compasión no es más que un gesto vacío. El mundo, señoras y señores, no necesita gestos vacíos. Necesita justicia, necesita compromiso y fundamentalmente, necesita que cambie este sistema injusto y
perverso donde la vida de unos vale más que la de otros.
Venezuela enfrenta dos terremotos. Uno destruye ciudades; el otro, principios. Ambos son devastadores. Pero mientras el primero es un hecho de la naturaleza, el segundo es una decisión política. Y como toda decisión, puede ser revertida. En las reservas revolucionarias del pueblo bolivariano, en su memoria histórica y en su capacidad de resistencia, está la esperanza de que este
segundo terremoto no sea el definitivo.
Porque Venezuela no puede permitirse perder su alma en el mismo instante en que pierde sus techos.



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