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Asilo Saturnino Unzué: El Palacio de los Ecos Olvidados

  • Foto del escritor: Omar Rombolá
    Omar Rombolá
  • 17 mar
  • 6 Min. de lectura

Caminando por la costa, desde la playa más céntrica de Mar del Plata hacia el norte, en pocos minutos se levanta ante nuestros ojos el imponente Asilo Saturnino Unzué, sólo el Totentanz o Una Noche en Monte Calvo podrían dar ambiente ese magno momento. Son esos muros, la historia y las leyendas que encierran, así también el nombre que asume el mismo palacio una evocación al sufrimiento y a la sangre de los oprimidos y oprimidas.

                                                            Omar Rombolá para Karne de Máquina 

Construido en 1910 por el francés Louis Faure-Dujarric, por encargo de las hermanas Unzué —María de los Remedios y Concepción, mujeres de mantón bordado y puntilla, el lugar fue desde su primer suspiro un monumento a un encierro elegantemente asfixiante.



Mármoles de Abisinia y Carrara; capillas neobizantinas; oratorios que podrían ser catedrales si no fueran tan íntimos.

El Hogar fue atendido durante décadas por las Hermanas Franciscanas, misioneras de María. Esta construcción de estilo bizantino es una pieza fundamental aporta a las obras arquitectónicas de mayor importancia de la ciudad de Mar del Plata. En 1997 fue declarado monumento histórico nacional.

Las hermanas Unzué evocaron sin dudas a su padre al levantar este sombrío palacio, pero…

¿Quién fue Saturnino Unzué?

Historia, Tierra, Muerte y Despojo

Nacido en Buenos Aires en 1826. Perteneciente a una familia de abolengo precursora de la actividad ganadera de Argentina. Con campos ubicados en las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos. Creadores establecimientos ganaderos como “Huetel” y “San Ignacio”.

La nueva oligarquía bonaerense apoyatura política de Juan Manuel de Rosas, cuyos apellidos mantienen vigencia en la Sociedad Rural: Manuel De Riglos, Simon Pereyra, Martin de Iraola, Jose de Oromi y Saturnino Unzue., recorrerán siempre la misma línea política, apoderarse de las tierras de los pueblos originarios, así luego vino Alsina -ya en la presidencia de Avellaneda-.

De las sucesivas campañas al desierto Unzué no sólo se apoderó de tierras sino también de 38 indígenas que quedaron a su cargo, en una situación de servidumbre.

Hacia 1880 era considerado uno de los mayores latifundistas llegando a contar con 250.000 hectáreas.

Saturnino es parte de la revolución mitrista de 1874. Un negociante muy hábil, salía victorioso de todos los remates de tierras, amasando una gran fortuna.

Fue fundador, en mayo de 1854, de la Sala de Comercio de Frutos del país del Mercado de Once de Septiembre, convirtiéndose en distribuidor de fruta y lana en los mercados de Constitución y Once.

En 1870 obtiene el manejo de la línea de tranvía de los hermanos Lacroze que circulaba por la calle Defensa, comunicando Plaza de Mayo con la Boca y Barracas. Es socio de la Compañía de Gas Argentino desarrollando la usina oeste en Los Corrales, convirtiéndose en se accionista más importante.

Su vida transcurría entre su obsesión por acrecentar su fortuna y la actividad política. Fue electo diputado nacional en el período 1880-1884, renunciando agosto 1883. Muere el 9 de marzo de 1886.

Las propiedades de la familia Unzué se han destacado por su estilo, la estancia “San Jacinto”, el edifico Jockey Club, el palacio Unzué sobre la calle Cerrito, el nuevo polígono del Tiro Nacional, y el asilo de niñas en Mar de la plata.

Este último palacio, popularmente denominado “Asilo Unzué” fue entregado por las señoras María Unzué de Alvear y Concepción Unzué a la Sociedad de Beneficencia en abril de 1912. Es esta mítica construcción costera la que nos condujo al presente relato.

El Unzué, el panóptico y el régimen de obediencia

Al principio uno ingresa, como quien se deja llevar por la promesa de los mármoles y las cúpulas, por esa mística marina que tiene la ciudad cuando el verano y los veraneantes están ausentes.

El viento salado se estrella contra los muros del Unzué, arrastrando voces, dolientes susurros, rezos sin boca ni dientes.

El edificio —oh, el edificio— es como esos personajes que ya no están, pero siguen en la mesa, moviendo la cucharita del café con un dedo invisible y con un cigarro humeante colgado de los labios.

El Asilo se fue escondiendo detrás del Hogar y finalmente del Espacio Cultural, fue, dicen, lugar de bordado y de rezos, de clases de economía doméstica y voces suaves de monjas franciscanas.

Las niñas tejían el futuro ajeno, guardapolvos para médicos y batas para enfermeras, como si al hilo lo tirara otro, más allá de las rejas. Había un régimen: infancia, instrucción, obediencia.

En la ciudad de Mar del Plata a fines del siglo XIX y principios del XX, el Asilo no sólo brindaba asistencia social, sino que actuaba como dispositivo de disciplina, controlando el cuerpo y la conducta de la población vulnerable (niñas, pobres, enfermos).

Se construyeron edificios como el Asilo Saturnino Unzué, el Solarium y el Hospital Marítimo, su arquitectura y reglamentos revelan prácticas de vigilancia, control moral y supervisión jerárquica, inspirada tal vez en el modelo del panóptico de Bentham, parte de una nueva "anatomía política" de poder disciplinario, podríamos decir foucaultiana.

Estos espacios arquitectónicos no estaban en los márgenes, sino en lugares estratégicos del crecimiento urbano y económico de Mar del Plata, consolidando un modelo de control social, moral y sanitario alineado con los intereses de las elites políticas y económicas.

Mar del Plata fue escenario de estos dispositivos en un momento clave de su expansión como ciudad balnearia de elite. Pero los edificios saben más que sus planos.

El imaginario popular y el descenso a los infiernos

Porque también están los otros relatos.

Los que nadie firmó. Los que nadie quiere declarar.

Los de un palacio construido desde sus cimientos con el despojo y la sangre de los pueblos originarios.

Un púlpito premiado en Sevilla, un Pantocrátor mirando desde la cúpula con ojos de mosaico eterno. Todo eso para las invisibles, las huérfanas, las nada, las nadie.

Afuera, el mar, adentro, la disciplina de las rodillas sobre el maíz, de la penitencia y de la violación sumaria.

Hay quienes afirman que aún hoy, a las tres de la madrugada —ni antes ni después—, los serenos escuchan una cajita musical que no está, un llanto que no puede ser, risas que son una nostalgia que no les pertenece.

Los pasillos se vuelven más largos de noche. La capilla se enfría de repente.

¿Y los túneles?

Esos que se dicen secretos, que unían salas con sótanos, sótanos con subsuelos, subsuelos con dictaduras. Bajo tierra, los mitos se escurren más fácil.

Se dice que en 1927una de las monjas estaba rezando en el oratorio de la Inmaculada Concepción, parte importante del Instituto, un capellán que iba de vez en cuando al asilo violó a la religiosa y que luego la escondió en un túnel abandonado del Instituto. La monja habría quedado embarazada y dado a luz a un bebé, que llora y aún suele ser escuchado.

La historia habría sido confirmada por los cuidadores. Dicen que por las noches se escuchan risas de muchachas, llantos de un bebé, puertas que se abren y cierran, camas que se arrastran y cajitas de música que cortan la noche con su tenebrosa melodía.

Los fotógrafos, esos otros testigos sin juramento, dicen que al revisar las fotos del edificio aparecen siluetas que no dispararon, mujeres embarazadas que no estaban, manchas que no son luz ni sombra.

Otros aseguran que las aristócratas de antaño, las niñas bien de familia mejor escondían sus embarazos en las habitaciones del Unzué, parían en secreto, para sostener el prestigio familiar.

Los llantos se filtraban por los barrotes y se unían a la brisa marina ahogándose en alta mar.

En 1997 fue declarado Monumento Histórico Nacional, pero eso no lo salvó del olvido. Su ala Santa Cruz se descascara. Una parte funciona como centro cultural, otra se viene abajo. Un pedazo del techo de la capilla cayó hace poco.

Un concejal de esta nueva/vieja derecha, propuso levantar un shopping. Como si un paseo de compras pudiera exorcizar al edificio. Pero el Unzué no se deja privatizar tan fácil.

Hay edificios que resisten no con protestas sino con presencias. Hay una historia que no se alquila.

Cierra la tarde. La bruma sube desde el mar. El mármol sigue intacto en algunas zonas.

El tiempo tiembla.

Y vos —vos, que caminás por el jardín interior, que sentís que el aire cambia, que jurás haber visto moverse una cortina cerrada—, vos sabés que hay algo que no se fue nunca. Algo que borda aún. Algo que camina por los túneles con hábito blanco arrastrando sus cadenas, o un niño con los ojos huecos, o una cajita musical que gira en un idioma que ya no se habla.

La historia oficial dice que el asilo cerró. Los muros y sus heridas abiertas hablan, casi siempre por la noche, el Unzué no duerme, nunca durmió.


Referencias Bibliográficas

Historias de crímenes y fantasmas: las leyendas del Torreón del Monje y el Asilo Unzué

El escritor y periodista Diego Zigiotto le contó a Infobae sobre los mitos de dos edificios emblemáticos de Mar del Plata

Alejo Santander

La Gracia Disciplinada:

Memoria, Historia y Subjetividad de las internas del Asilo Unzué. Delgado, Susana Graciela.

Los Unzué: la construcción de un patrimonio terrateniente (Buenos Aires, décadas de 1830 a 1880)

Luciano LiterasConsejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas / Universidad de Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Ciencias Antropológicas Argentina lucianoliteras@gmail.com

 
 
 

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